Comunidad de viajeros en la Dempster Highway

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Toda la experiencia de viajar al Ártico no habría sido lo mismo sin el sentimiento de comunidad que notamos a lo largo de toda la ruta. Intentaré explicarlo contando qué nos sucedió en el camino. 

Empezamos este viaje sabiendo que iba a ser una conducción difícil, que nuestro Shuba estaba viejito y que ya había sufrido mucho durante el camino. Así que con muchas dudas nos embarcamos en la aventura hacia el norte. ¿Y qué pasa si el coche decide no seguir? ¿Y si pinchamos? Jamás habíamos cambiado una rueda. Teníamos más de 800 km por delante con cero servicios (luego supimos que los hay en Eagle Plain, Fort McPherson e Inuvik, aunque son limitados). Un poquito de miedo y muchas ganas de llegar.

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El primer rescate

Y como la realidad siempre te da bofetadas, cuando nos quedaban unos pocos kilómetros para llegar a Tombstone Territorial Park (la zona fácil), el coche pierde fuerza, empieza a dudar y el acelerador no responde. Nos paramos. Abrimos el capó suplicando que alguien se pare, por favor. ¡Ni dos minutos! Un coche aparca delante de nosotros y baja un hombre chapurreando inglés y gesticulando mucho. Él es André. Instantes después llega una pareja con su ‘cajita’. ¡El destino hizo que nos encontráramos! Ellos son Deb e Ian, él está en el final de su viaje desde el Antártico hasta el Ártico y nos hicimos muy amigos, ¡tanto que pasamos tres semanas en su granja de Alberta!

Miran el coche. Nos rellenan el refrigerante. ¡Qué ilusos nosotros que jamás lo habíamos comprobado y mucho menos comprado de repuesto! Y nos recomiendan volver a Dawson City. Les hacemos caso, claro. Pero parece que el coche funciona, así que damos la vuelta y continuamos nuestro viaje al Ártico. 

Pinchazos y más rescates

Teníamos muy en mente el tema de los pinchazos, lo habíamos leído hasta la saciedad. Así que estábamos felices cuando más de 350 km después, todo seguía estupendamente. Y tuvimos suerte, nuestro primer pinchazo fue en el hotel de Eagle Plains. Más fácil imposible. Nos cambian la rueda por la de repuesto y a la pinchada le ponen un parche. Seguimos. 

La suerte no siempre nos acompaña y volvemos a pinchar la misma rueda unos pocos kilómetros después (habíamos pasado la noche al lado del río, así que ahora es por la mañana). Bajamos el neumático de repuesto del tejado y sacamos las herramientas. Nuestra llave es una basura y por mucha fuerza que hacemos es imposible sacarla. Pasa una caravana y para. Aquí todo el mundo se preocupa por todo el mundo. Veo que conduce un señor fornido, ¡bien!, lo que necesitamos para quitar los tornillos que hace solo unas horas una máquina ha apretado hasta el fondo. Nos asegura el gato y nos explica, cual profesor de escuela, cómo hacerlo todo paso a paso; eso sí, necesitamos su herramienta y toda su fuerza para quitar los tornillos. 

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Sin rueda de repuesto

Volvemos a la carretera, ¡asustadísimos! Ya no tenemos rueda de repuesto. Quedarán unos 150 km para Fort McPherson. Declaramos que no vamos a conducir a más de 60 km/h, pero todas las piedras del camino tienen cara de querer arruinarnos la fiesta. Y no sé muy bien cómo conseguimos llegar al pueblo. Sin darnos cuenta de que es domingo por la tarde, buscamos a alguien que nos ayude. Todo está cerrado. Preguntamos a unas mujeres que, ¡gracias!, nos conciertan una cita para el día siguiente con alguien que nos arreglará la rueda pinchada. 

Dormimos, nos parchean la rueda y seguimos. Un poco más tranquilos. Tenemos neumático de repuesto y pensamos en comprar una rueda en Inuvik. Aunque esto resulta imposible; allí no tienen las que necesitamos. Lo bueno es que volvemos a encontrar a Ian y Deb, nos invitan a tomar unos vinos en el camping donde ‘viven’ y nos hacemos amigos. Volvemos un par de días y conocemos a más personas, con quienes después pasaremos buenos ratos en Tuktoyaktuk. 

Tuktoyaktuk y la tortilla de patatas

En Tuk es fácil encontrarse. Todos dormimos a orillas del Océano. Decidimos hacer una cena conjunta y preparamos la tortilla de patata más gorda que jamás he visto. Eso sí. Antes nos damos un bañito en las gélidas aguas del Ártico que me deja sin respiración por unos instantes y los pies congelados. 

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El ajetreado viaje de vuelta

La vuelta fue un poco más traumática. Decidimos conducir sin parar para salir cuanto antes de la Dempster Highway. Hacemos más de 400 km del tirón y después de subir la montaña del Midnight sun (no sé cómo se llama, pero así es para nosotros), volvemos a conducir. Notamos que nuestras ruedas traseras, ¡las dos!, no están bien. Seguimos hasta que ya tocamos el suelo con la llanta. Sabemos que eso significa su muerte definitiva, pero… ¡solo teníamos una de repuesto! ¿Qué hacemos cuando pinchamos dos ruedas a la vez? Paramos, cambiamos la que está peor y nos vamos casi a rastras hasta Eagle Plains. Llegamos, sin dormir, y un mexicano (qué alegría poder hablar en español cuando uno está agotado físicamente) nos da el veredicto: una rueda ya no se puede ni parchear, la otra… quizás, pero tiene bastantes micro roturas que harán que pinchemos en pocos kilómetros. 

Y nosotros con cara de… ¿y cómo vamos a salir de aquí? Decidimos arreglarla. Sabemos que si paramos no vamos a poder seguir. Pero el cansancio nos puede y tenemos que dormir. Y ahora ocurre una de las cosas más raras del viaje. Estamos parados intentando dormir, luchando contra el calor asfixiante porque no podemos abrir las ventanas a causa de los mosquitos. ¡Y empieza a diluviar! De repente alguien abre la puerta del piloto y entra un motorista que ni tiempo ha tenido de quitarse el casco. Casi no cabe en el poco espacio que tenemos (la caja de la comida está justo detrás y el asiento no se puede mover), pero evidentemente le damos cobijo y charlamos de cosas sin sentido durante toda la tormenta, hasta que amaina. ¡Increíble!

Cuando queremos seguir, vemos que las ruedas se siguen deshinchando. El objetivo sigue siendo conducir lo máximo posible.

En el kilómetro 211 de la Dempster Highway

Peeeeeero no puedo evitar pararme en el kilómetro 211 cuando veo a un alce que está nadando felizmente en el río.

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Así que hasta aquí llegamos. Ahora empieza la odisea de verdad. El coche decide que hasta aquí, ya no mueve más, de nuevo las dos ruedas traseras están en su límite. Decidimos dormir ahí mismo, a un lado de la carretera porque es casi de ‘noche’ y aunque vayamos a Dawson City a por las ruedas, estará todo cerrado. Así que no queda otra que esperar a la mañana siguiente. 

En autostop por la Dempster Highway

Nos levantamos temprano con la intención de hacer autostop para ir a comprar las ruedas. Sacamos las dos que están pinchadas, bajamos la llanta del tejado (esta ya estaba sin neumático) y esperamos. No tarda en llegar un coche de mantenimiento de la carretera y se ofrecen a llevarnos. Aunque a los pocos minutos reciben una llamada y se salen disparados. Luego uno de ellos me explicó que alguien había llamado para informar de un problema en la carretera, problema que resultó no existir. 

Estábamos solos de nuevo. Aunque no por mucho rato. Unos cuatro o cinco minutos después apareció un Jeep cargado hasta arriba, conducido por Tom, que obviamente volvía de hacer el mismo trayecto que nosotros. ¡También había llegado hasta Tuk! Él se ofreció a recogernos y a llevarnos a Dawson City, donde vive. Muchas charlas y 4 horas después llegamos a la tienda de neumáticos. Para nuestra sorpresa nos dicen que van a tomarse su hora de descanso y que podemos volver después o ir a la tienda de enfrente. 

¿Esperar una hora para que luego ni siquiera tengan ruedas de nuestro tamaño? No, gracias. Vamos a ver si tenemos más suerte enfrente. Nos recibe un señor que parece no entender nada pero nos busca las ruedas. Las tiene por todas partes, dentro de la nave, fuera, por los alrededores. Va buscando y mirando los números de cada neumático. Al final… ¡¡¡¡las encuentra!!!! Decidimos comprar tres. Son carísimas pero, ¿y si ahora pinchamos otra de las ruedas? Preferimos asegurarnos. Una hora después y 471 $ canadienses después, iniciamos la ruta de vuelta. 

Dos personas, un perro y tres ruedas, ¿nos llevas?

Tom, que nos ha acompañado durante todo el proceso, se ofrece a llevarnos de vuelta hasta el cruce donde empieza la Dempster Highway. Cree que allí será más fácil conseguir que alguien nos lleve de vuelta a nuestro coche. Hay tantas buenas personas. La verdad es que así los problemas dejan de ser tan importantes. Son posibilidades de conocer. 

Cuando nos despedimos de Tom nos da su número de teléfono. Por si acaso nadie puede o quiere llevarnos. Nos dice: “Si en unas cuatro horas seguís aquí, llamadme y lo arreglaremos. Aunque me gustaría no saber nada más de vosotros. Al menos, no así”. ¿Cuatro horas? Pienso que eso es una eternidad, que si pasan cuatro horas ya voy a estar derretida de calor, devorada por los mosquitos, deshidratada por falta de agua… Viene un camión, pero dice que solo va a cruzar el puente. No nos sirve. Luego, una camioneta con dos hombres que se acercan a charlar con nosotros (realmente somos un espectáculo), pero tampoco van al norte. Mientras, pasan de largo un par de coches que sí tienen pinta de viajar al Ártico, nos sonríen. 

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Y momentos después, cuando me he quedado sola con las ruedas, la suerte aparece de nuevo y un coche se hace a un lado del camino. Es Mike, un amante de la vida salvaje que quiere llegar a Tuktoyaktuk y ver muuuuchos animales por el camino. Él es muy de ‘háztelo tú mismo’ y le encanta nuestro viaje. También está viviendo en el coche. Así que nos hace espacio como puede y conseguimos meternos en el coche. 

Los mosquitos han acampado en Shuba

4 horas después. Estamos de vuelta en el kilómetro 211, donde Shuba nos espera llenito de mosquitos. ¡¡Nos hemos dejado las ventanas bajadas!! Mike nos ayuda a poner las ruedas, otro viajero en un sidecar (me encanta) se para y nos ayuda y charlamos también. Cuando estamos todos listos, nos vamos: ellos hacia el Ártico, nosotros fuera de esta carretera destroza neumáticos donde tan bien lo hemos pasado y tanto hemos aprendido. 

Y después de todo, de tanto estrés, de la incertidumbre, de las horas invertidas y del dineral que acabamos gastándonos, repetiría este viaje de la misma manera. Porque solo así volvería a conocer a las mismas personas y a sentirme parte de una comunidad de donde salieron amigos de verdad y una familia en Canadá. ¡Gracias a todos!

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Comments

  1. El sentimiento viajero de pertenecer a un grupo es maravilloso!!! Que bien que siempre haya gente asi!

    1. Asun Cardona says:

      Más que pertenecer a un grupo o no, es la sensación de compañerismo y camaradería que hay entre las personas que realizan este viaje al norte. Todos se ayudan entre sí y se preocupan por los demás. ¡Es increible!

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